Jesús Bernal, Las horas negras

JESÚS BERNAL
Las horas negras
Isla de Siltolá, Sevilla, 2017. 55 pág., 10 €
La poesía viene del canto, que no siempre refleja la alegría. De hecho, el canto viene a su vez de la oración, que suele pedir algo que no se tiene. Jesús Bernal (Elche, 1976) ha volcado en un poemario, Las horas negras, la pérdida de su madre.
Es prácticamente un reportaje en verso que va desde las semanas previas al fallecimiento hasta los meses en los que el duelo empieza a disiparse. El canto de estos poemas es de exorcismo, en ellos el poeta está exteriorizando el dolor como mecanismo para soportarlo. A pesar de su juventud, Bernal es un poeta inteligente que ganó el Adonáis partiendo desde el anonimato, es decir a fuerza de calidad. Es perfectamente consciente de lo que está haciendo y, de hecho, lo expresa en algunos momentos: «la estoy viendo apagarse, / viendo cómo le crecen / dos pendones de sombra a mi Manuela / debajo de los ojos / mientras escribo este poema agónico / y algo deslavazado / donde quise enfrentarme (y fracasé) / al dolor y a la noche, / donde primero le hablo / a una niña perdida en una guerra, / sin fe y sin esperanza / y al final, perdonadme, / le estoy hablando a Dios». Ante ciertas circunstancias (y la mayoría de los poemas que componen Las horas negras son circunstanciales), brotan palabras y fórmulas comunes, gastadas quizás. Sin embargo, ya digo que Jesús Bernal es un poeta inteligente y con recursos. En su libro no faltan momentos singulares, que solo pueden haber brotado de alguien con voz propia. Llegan cuando abandona el tono confesional, autocompasivo, y elude lo concreto. Por ejemplo, cuando clama: «De Dios es el polvillo este que cae, / continuo, lacerante, tenebroso. / Del útero de Dios, el desamparo. / De Dios es el absceso y la gangrena. / De Dios esta salvaje dentellada: / la mano diestra que persigna y unge / y la mano siniestra que ejecuta». También poemas como «Ahora estoy esperando esa llamada» en los que la estructura está enfocada al suspense o en «Has tenido que irte», que quizá sea el gran poema de este libro, o ¿Y si la sinfonía de la devastación…», menos referencial y, por eso mismo, más sugerente.