Javier Vela, Fábula

Foto Juan María Rodríguez
Javier Vela
Fábula
Vandalia, Sevilla, 2017
«A veces, escribimos a la luz de una lámpara lo que otros escribieron a la luz de una vela». El madrileño Javier Vela (1981)
aparca en este libro la poesía discursiva de sus libros anteriores y sale a buscar la verdad de las creencias y los mitos, no porque sea más profunda, sino porque es la que nos queda: «Es la hora de los dioses pequeños». La busca en poemas casi siempre de versos largos, que se desperezan en versículos y que a veces cruzan la frontera de la prosa. La busca con imágenes que parten de lo elemental, como el mar y el cielo, y que crecen hacia adentro buscando la infancia o la vulnerabilidad de estar solo: «Creer solo en el aire que hace ondear las sábanas tendidas. Creer solo en la luz cuyo destello prueba calladamente su existencia». El libro está dividido en seis partes, que una nota en la contraportada nos aclara que responden a criterios temáticos, aunque la escritura compone un clima común que permite prescindir de esos detalles. En poemas como «Marca de agua» se mezclan la emoción y la reflexión, unidas en el contemplar: «Tendidos en la noche especular, adivinamos la torpeza del hombre abismado en el cielo con la mirada paciente del pescador». Quizá sea en ese momento del libro donde los poemas cuajen con mayor coherencia e intensidad. Como el que le sigue, «Esperando a los bárbaros», con su guiño a Cavafis o como «Campo del sur», que sobrevuela con imágenes el tiempo que separa la mañana del que está mirando el mar con la mañana del niño que fue algún día: «La memoria es un puente derruido / bajo el que fluye un tiempo sin orillas». Fábula es una búsqueda, pero también es el hallazgo de lo elemental que subyace en los elementos; ya sea el amor: «la callada estructura del amor, esa extensión anímica que agita dos océanos bajo una misma sábana»; ya sea la muerte: «La muerte como un canto de cigarras se aposentó en mi oído»; ya sea el puro sorprenderse de estar existiendo: «Mientras los hombres mueren, las piedras permanecen. Vivir es un exceso». Hasta lo que parecen conclusiones son preguntas que tiemblan prendidas de las palabras: «¿Y no somos, Amara, / precisamente aquello que evitamos?».

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