Madrid 1616

ELOY M. CEBRIÁN Y FRANCISCO MENDOZA
Madrid, 1616
2015, Sevilla, Algaida Editores
Entramos en 2016 y hay que prepararse para el aluvión de celebraciones dedicadas a Miguel de Cervantes. No podía ser menos. De hecho, más triste que cansarse de fastos sería que pasase desapercibido el 23 de abril en que se cumplen cuatrocientos años de la muerte del autor del Quijote. Por si fuera poco, el otro grande de la literatura mundial, William Shakespeare, murió exactamente el mismo día. Cierto que la coincidencia es solo aparente porque Inglaterra llevaba unas fechas de retraso en el calendario y su 23 de abril corresponde a nuestro 3 de mayo. Pero esta anécdota es insignificante. En primavera tendremos Cervantes y Shakespeare a carretadas. He empezado a celebrarlo leyendo Madrid 1616, una novela de Eloy M. Cebrián y Francisco Mendoza en la que los dos genios de la literatura aparecen como personajes, inmersos en una aventura con tintes policiacos.
Como en su precedente, Madrid 1605, la acción se desdobla en dos épocas: el siglo XVI en el que vivieron ambos genios, y nuestro siglo XXI en el que el bibliófilo Erasmo de Mendoza y su exalumna Pilar Esparza se afanan en localizar, recuperar y preservar algunos de los escritos originales más valiosos y más deseados de todos los tiempos. Se orientan en unas memorias donde el yerno de Cervantes detalla los últimos años del suegro. Francisco Mendoza es doctor en Filología Hispánica y un bibliófilo de referencia (por cierto que presta algunos rasgos al personaje de Erasmo, incluido el apellido). En cuanto a Eloy M. Cebrián, aparte de novelista, es licenciado en Filología Inglesa y no le es ajeno el mundo de Shakespeare. Entre ambos han rellenado las zonas oscuras de las vidas de los dos grandes autores con la misma delicadeza y minuciosidad que hubieran empleado si restauraran una pintura barroca. El resultado es que nos sumergimos en la trama y terminamos por perder de vista los límites entre lo que pasó realmente, lo que pudo pasar y lo que es muy improbable que pasara. El capítulo final, que nos acoge como una sala de espejos deformantes, aclara a la vez que enreda. Tras disfrutar la lectura, ya pueden desatarse las celebraciones, que nos pillan confesados.

1 comentario:

Paco Mendoza dijo...

Me parece una crítica perfecta en su concisión, no se puede decir más ni mejor en menos caracteres. Gracias, Arturo.